pornotropias

El porno ocupa un espacio en el imaginario colectivo contemporáneo sin distintición de género, gustos, preferencias, parafilias polimorfas que la internet y la telefonía móvil convertidos en panópticos portátiles, han hecho espacio común como apéndices digitales de nuestros cuerpos, lugar donde nos brindamos a emisores/receptores de deseos algorítmicos, hábiles en la satisfacción inmediata, digital y narcisista, reproducible técnicamente, escapismos masturbatorios del encuentro – simulacro con el otro hecho pantalla.

Políticamente la pornografía estandarizó el orden del deseo a partir de una medida heteronormativa y patriarcal, perfilando la sexualidad a un ideal de masculinidad relacionado al poder, normalidad, progreso, riqueza, sofisticación, modernidad. Como programa estatal para calmar el deseo de tropas en guerra, expuso públicamente lo intimo del cuerpo femenino en función del goce masculino, posteriormente, sus márgenes lésbicos, homosexuales y más actualmente transgénero, no binarios y todo el arsenal posible de nombrarnos colectiva o individualmente, permeando en toda la estructura sociocultural, como propaganda o campaña publicitaria, creadora de imaginarios sobre el cuerpo, el deseo y sus posibilidades de goce, recorte objetivo de cámara, cuerpo objeto recortado, hecho imagen y sonido que afectan otros cuerpos, subjetividades en desborde reproducibles en espacios domesticados, familiares, de trabajo, de batalla o donde sea necesario.